sábado, 30 de mayo de 2015

LA SUBORDINACIÓN DE ESPAÑA AL CAPITAL FINANCIERO


El régimen monárquico del 78, ha supuesto para España la adquisición y consolidación de la hegemonía del capital financiero sobre el Estado, habiéndose servido de los partidos políticos para alcanzar la posición de dominio absoluto de la vida política y económica española, utilizando la deuda para mantener el control de las organizaciones políticas del régimen. Con la demolición controlada del franquismo, se sometió a los partidos políticos españoles a un proceso de selección. Primero se legalizó a un grupo de partidos previamente seleccionados, para que se pudieran presentar a las elecciones constituyentes de 1977 y participasen en la redacción del nuevo texto constitucional, adquiriendo estos una representación parlamentaria que les diera acceso a los fondos públicos inyectados en los mismos por medio de subvenciones, que fueron distribuidas en razón del número de votos y escaños parlamentarios obtenidos. Cuando acto seguido se convocaron las elecciones generales de la primera legislatura, los partidos seleccionados por el gobierno monárquico heredero del régimen de Franco, se encontraban en una posición de ventaja respecto de los grupos políticos cuya legalización había sido postergada por el gobierno a un momento posterior a las elecciones constituyentes. Se cambió todo, para que no cambiara nada.

Desde ese momento, hubo dos clases de partidos: unos, los que gozaban de fondos públicos y financiación bancaria; otros, los que se quedaron excluidos de los medios económicos para competir con los anteriores, cayendo en la marginalidad política. Así se conseguía garantizar el círculo vicioso de que sólo obtienen financiación los que obtienen representación, y sólo obtienen ésta los que son financiados. Y sin embargo, para los partidos del régimen del 78, la financiación pública que recibían no fue suficiente, además fueron financiados por las grandes entidades bancarias en forma de contratos y créditos, generalmente condonados más tarde, sobre todo tras la privatización de los bancos de titularidad pública, que tampoco bastaron para saciar su voracidad, pues también obtuvieron fondos por medio de la corrupción estructural que el acceso al poder político les facilitaba, en forma de comisiones a cambio del otorgamiento de concesiones administrativas a las empresas privadas, realizadas en contra o prescindiendo de la ley, y con las comisiones derivadas de la explotación del suelo. También recibieron donaciones de particulares, en gran medida, opacas para el Tribunal de Cuentas, que es el encargado teórico del control de las cuentas partidarias. Decimos teórico, porque no siempre los partidos depositan sus cuentas, y si lo hacen, no con exactitud ni de forma completa y exhaustiva, como es el caso de Ciudadanos, representando, por último, las cuotas de los afiliados, un porcentaje irrisorio sobre el total de su presupuesto[1] .

La historia del régimen del 78 es así la historia del ascenso al poder absoluto del capitalismo financiero, a través de la manipulación de los partidos políticos, que han implementado las políticas más acordes con los intereses del capitalismos: desindustrialización y deslocalización de las industrias, explotación de la fuerza de trabajo a nivel planetario movilizada a través de las grandes migraciones en curso, privatización de las industrias estratégicas, reducción de los ingresos del Estado compensados con deuda pública y enajenación de los recursos e inversiones estratégicas productivas y redistributivas, debilitamiento de las organizaciones sindicales e identitarias, desregulación de los movimientos de capital, concentración de los medios de producción y financieros, control privado y concentración de los medios de comunicación, reducción del gasto en servicios sociales, educativos y sanitarios, desplazamiento de los capitales acumulados para pensiones del ámbito privado al público. El objetivo del capitalismo financiero en España, al igual que en el resto de los países desarrollados al comienzo de la ofensiva neoliberal en los años 70, fue la acumulación de capital y la adquisición del control absoluto del poder político. Para lograrlo, se redujo tanto la carga tributaria del mismo como las tarifas tributarias a las rentas más elevadas, y se procedió a cubrir el déficit fiscal que la reducción de los ingresos produjo, con la emisión de deuda pública. De esta manera, el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF)[2] bajó del 65,51% en 1977 al 56% en 1998, y al 43% en 2010; para las rentas superiores a los 180.000 euros, el tipo impositivo efectivo se redujo del 49,37% en 1993 al 30,8% en 2008, y las rentas superiores a los 600.000 euros tributaron al 27,4%. Una evolución semejante tuvo el Impuesto de Sociedades (IS)[3] que descendió del 19,5% en 1995, al 9,9% en 2010. A esta política sostenida durante más de treinta años, le puso el broche de oro la amnistía fiscal del gobierno de Rajoy con el Decreto de 30 de marzo de 2012 por el que se exoneraba a cambio de una pequeña cantidad a los capitalistas defraudadores.

Al mismo tiempo que se reducían los impuestos sobre las rentas de capital y las grandes fortunas en todos los países de la OCDE, la deuda pública aumentaba de forma exponencial. Según se publicaba en el diario El País:

Desde 1967 a 1987, la deuda pública en los países de la OCDE pasó de representar un 35% del PIB a un 55%, en números redondos (en el área euro la media es similar). Sin embargo, de 1987 a 2007, la deuda en la OCDE salta hasta un 100% (en el área euro hasta un 85%). Estos porcentajes se han disparado en 2008 y 2009 por causa de la crisis, lo que no permite hacer comparaciones completamente rigurosas. (…) No obstante, conviene saber que en solo un año (de 2008 a 2009) la deuda sobre el PIB en la Unión ha pasado del 61,6% al 73,6%, es decir, una variación de 12 puntos (!). En España aumentó 13,5 puntos. Lo que se desprende de los anteriores datos es que, en los últimos 20 años, los países desarrollados han ido sustituyendo, ante sus crecientes necesidades de financiación, impuestos por deuda. O sea, dinero que no hay que devolver, por dinero que engorda las obligaciones del Estado con los acreedores aumentando exponencialmente los gastos financieros del Estado.[4]

A lo que habría que añadir, que también aumentaban los beneficios de las finanzas, y la dependencia de los políticos y los partidos del régimen respecto de los financieros, Una tendencia que se iba acentuando conforme iba pasando el tiempo. Así, en el Tratado de Mastrique de 1992 la Unión Europea (UE) fijó el límite de deuda pública en el 60% del Producto Nacional Bruto y el del déficit presupuestario anual en el 3% del PIB, que en caso de rebasarse motivaría las correspondientes sanciones por parte del Consejo Europeo. Este límite fue nuevamente reafirmado en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) de coordinación de las políticas fiscales dentro de la Unión Económica y Monetaria (UEM) de 1997. Pero entre el año 2000 y el 2010, el límite de déficit no fue respetado ni por Alemania ni por Francia, que lo sobrepasaron en catorce ocasiones diferentes, frente a las cuatro que lo hizo España, sin que en ningún caso se aplicara sanción alguna a ninguno de estos dos países, muy al contrario de lo que le ha ocurrido a España a partir de julio de 2010, momento en el que se le impuso una brutal política deflacionaria de devaluación interna, mientras que los mismos que la imponían, EE.UU. y UE, eran quienes habían mantenido una política expansiva del gasto, con un importante endeudamiento público en el período 2007-2010, encaminado a nacionalizar las pérdidas de las grandes entidades financieras y convertir la deuda privada en pública, y los fondos públicos en privados.

Este proceso de concentración de la riqueza, desarrollado tanto en Europa como en EE.UU., y más concretamente en España, ha puesto a los Estados bajo el control y la dependencia del capital financiero que maneja los hilos de la política y de la economía. En primer lugar, desde el exterior con la especulación en los mercados financieros con la deuda pública de los distintos países según sus intereses; y desde el interior, con la financiación de los partidos y la corrupción más o menos generalizada de los políticos. Pero la deuda pública se ha convertido en un arma de doble filo para la banca en los países periféricos, al exponer al riesgo de default de estos Estados más débiles.

El Informe anual del Banco de Pagos Internacionales[5] de junio de 2011, señalaba que la exposición de la banca internacional a la deuda pública de los países mediterráneos, Portugal e Irlanda ascendía a la elevadísima cifra de 2,5 ¡billones de dólares!, de los que correspondían en orden ascendente 380.000 millones a Francia, 431.000 millones a Gran Bretaña y 569.000 a Alemania. No obstante el riesgo, el capital financiero se ha lucrado con los intereses de las deudas públicas de forma fabulosa hasta que su avaricia ha desencadenado el crack de 2008, momento en el que han trasladado el riesgo al sector público, inyectando éste enormes cantidades de liquidez en forma de créditos privilegiados y avales que han disparado el déficit público y la deuda de los Estados.

En España, los principales partidos políticos del régimen del 78, el PP, el PSOE y los separatistas, han asumido que el Estado debía asumir las pérdidas de la banca privada, incluyendo las derivadas de la especulación bancaria, pasando de un superávit del 3 % en 2007, a un déficit del 8,5% en 2011, y de un desempleo del 8% en 2007 a un paro registrado de 27,16% a mediados de 2013, disparando al deuda pública, una de la más bajas de Europa en 2007, del 47,9% del PIB al estallar la crisis, al 115,32% del PIB según el Banco de España en 2014. Esta situación de debilidad de los Estados, ha sido aprovechada por el capital financiero para especular nuevamente con la deuda, lo que ha desencadenado la conocida “crisis de deuda soberana” en el período 2010-2014, que ha reportado a Alemania en este espacio de tiempo más de 40.000 millones de ahorro en la financiación de su propia deuda, al convertirse la misma en un valor refugio para el capital. Una situación que ha puesto de manifiesto todos los defectos de la arquitectura de la moneda única europea, y la ausencia de un poder político detrás de dicha divisa, que dotado de instrumentos jurídicos y políticos, pueda proteger los intereses de la ciudadanía frente a la especulación del capitalismo financiero, que ausente de control y de límites a su circulación, se desplaza de uno a otro mercado, de una a otra divisa y de una a otra deuda, en volumen muy superior al que pueda disponer cualquiera de los Estados europeos, dotando así a los capitalistas financieros de un poder muy superior al de los políticos. Y cuando el riesgo de impago por parte de los Estados alcanzó un nivel que permitía temer el final del euro, en el período 2010-2012, los bancos tenedores de la deuda soberana de los países periféricos de Europa, solicitaron del Banco Central Europeo (BCE) que comprara la deuda soberana en los mercados secundarios y asumiera el riesgo de un eventual impago de los Estados, por lo que el BCE desde el año 2010 ha comprado deuda soberana a la banca por importe de casi un billón de euros, y se propone comprar otro 1,19 billones hasta septiembre de 2016[6], pero como contrapartida exigió a los Estados deudores la pérdida de soberanía económica, hasta que el riesgo de impago desapareciera. El conocido “rescate” de los Estados periféricos de la eurozona, en situación precaria tras haber rescatado a sus respectivos sistemas bancarios.
 
Lo cierto es que este desplazamiento de la soberanía económica de los Estados hacia el BCE, supone la renuncia a la condición de nación independiente. El BCE es un organismo que carece de todo tipo de control por parte del poder político de los Estados europeos, y no responde por sus decisiones ante ningún organismo representativo, salvo quizás, a los intereses del capital francés y alemán, por lo que desde su creación viene actuando en razón de los intereses de los grandes financieros privados. Y dicha realidad, se puso de manifiesto cuando se desveló que el BCE enviaba instrucciones secretas a los gobiernos de Italia y España a principios de agosto de 2011,[7]exigiendo a cambio de la compra de deuda pública a los bancos privados en los mercados secundarios, con el consentimiento de Francia y Alemania, que impusieron la cesión de la soberanía presupuestaria y fiscal antes de la UE hiciera entrega del dinero solicitado por España al Fondo Europeo de Estabilidad Financiera y del BCE, dinero que se entregaría en la medida en la que se aplicase el “programa de gobierno”  formulado por el presidente del BCE, Jean Claude Trichet, que ha sido cumplido íntegramente por los gobiernos de Zapatero y Rajoy. Todos hemos sufrido dicha política y sabemos en lo que consiste: aumentar los contratos de trabajo precarios, reducir los salarios y desvincularlos de la inflación, eliminar los convenios colectivos pasando a los convenios de empresa, facilitar el despido de trabajadores y, por último, una reforma constitucional que consagre el pago de la deuda, pasando por encima de la soberanía nacional. Así es como España dejó de ser soberana.
 

[1] Por si el impedimento económico no fuera suficiente, el sistema electoral favorece A los partidos mayoritarios, introduciendo elementos de corrección en la distribución de los votos obtenidos, atribuyendo diferente valor al voto del ciudadano, en razón del lugar en el que este es emitido.
[2]www.sagara1977.wordpress.com/2012/01/07/historia-de-la-progresividad-del-irpf/
[3]www.actibva.com/magazine/economia/25-anos-de-subidas-y-bajadas-de-impuestos-en-espana-infografia
[4www.elpais.com/diario/2010/08/04/opinion/1280872804_850215.html
[5] www.bis.org/publ/arpdf/ar2011_es.pdf
[6]www.economiadigital.es/es/notices/2015/03/draghi-inyecta-5.300-millones-en-la-economia-espanola-el-primer-dia-de-qe-67640.php
[7] www.elconfidencial.com/mercados/inversion/2014-12-19/las-cartas-de-2011-al-descubierto-el-bce-pedia-reformas-zapatero-compras-de-deuda_598616/

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