jueves, 20 de diciembre de 2012

¡OH, MI PATRIA!


Los hombres de hoy vivimos inmersos en una oscuridad que nos impide ver la realidad, cuya existencia no es fruto del azar, sino del omnímodo poder de las élites dirigentes mundiales. Un hecho del que, de uno u otro modo, todos somos conscientes y casi ninguno conseguimos concretar.

Estamos presenciando la muerte de Europa; la forma más elevada de cultura y civilización alcanzada nunca por el ser humano. Como percibió en plena época victoriana Carlyle, padecemos: “Una sociedad desquiciada, sacudida y encenagada en los vicios como la vieja sociedad romana cuando se colmó la medida de las iniquidades; los abismos, los diluvios superiores y subterráneos reventando por todas partes y en ese caos furioso de claridades macilentas, todas las estrellas del firmamento borradas. Apenas una estrella en el cielo que el ojo humano pueda ahora divisar; nieblas pestilentes, exhalaciones impuras cada vez más densas, excepto sobre las más altas cumbres, han apagado todas las luces del firmamento. Fuegos fátuos que aparecen aquí y allí hacen las veces de estrellas. Sobre el páramo salvaje del caos, en el aire plomizo, nada más que bruscas iluminaciones de relámpagos revolucionarios; luego, nada más que las tinieblas con débiles apariciones del vano meteoro de la filantropía”[1]. En definitiva: noche y niebla, oscuridad que nos envuelve y oprime. Pero como en las propias explcaciones míticas y legendarias de nuestros orígenes, en las que siempre estuvo presente la oscuridad, ésta desaparecerá finalmente, cuando la Naturaleza reclame sus derechos en no muchas generaciones.

En la tenebrosa oscuridad en la que intencionadamente nos han sumido quienes gobiernan el siglo, asistimos a un cambio de época, de mentalidades y de tecnologías que han acortado el tiempo y el espacio, haciendo un mundo más pequeño en el que los acontecimientos se suceden vertiginosamente. Hecho ante el que mantengo la esperanza de que en medio de esta aceleración constante, la verdad se abra paso y encuentre su lugar a mayor velocidad de la que se han servido los poderosos para tejer este negro manto de mentiras y silencios sobre los que sostienen su tiranía. Vivimos en un mundo convulso y agitado en torno a una de sus grandes encrucijadas históricas, en el que se advierte hoy más que nunca, la clásica descripción de Herman Hesse: “Cada época, cada cultura, cada costumbre y tradición tienen su estilo, tienen sus ternuras y durezas peculiares, sus crueldades y bellezas; consideran ciertos sufrimientos como naturales; aceptan ciertos males con paciencia. La vida humana se convierte en verdadero dolor, en verdadero infierno sólo allí donde dos épocas, dos culturas o religiones se entrecruzan”[2].

No en vano asistimos al drama de la Historia mundial en esta hora decisiva. Los acontecimientos se suceden raudamente, comprimiendo el tiempo y el espacio en estas últimas décadas, forzando nuestra capacidad de adaptación ante la multitud de nuevos sucesos que convergen, se mezclan y confunden, que han recibido como nombre que los resume y sintetiza el de “Globalización”, que ha llegado a nosotros junto con su compañera de viaje, recorriendo Europa como el fantasma marxista del S. XIX la recorrió: “La Crisis”.

“La Crisis” es el tema de nuestro tiempo y está presente en nuestras vidas de forma repetida y cíclica, como como si de una estación del año se tratase. Los medios de comunicación[3] nos lo recuerdan insistentemente, sin que lleguen nunca a explicar ni su realidad, ni sus orígenes verdaderos. Si bien la propia expresión nos invita a creer en su excepcionalidad, en su carácter transitorio respecto de una supuesta estabilidad y pujanza, lo cierto es que no es así. Baste mencionar como ejemplo, que cuando parecía que la Gran Recesión del 2008-2009 empezaba a ser historia, nos ha asaltado no sólo la incertidumbre de una recaída, de una nueva recesión como pretenden los voceros de la ortodoxia mundialista; sino lo que es peor, el temor que nos produce el convencimiento de que entramos en una larga era de oscuridad social, económica y política.

Lo que llamamos “Crisis” no es sólo el final de un ciclo del sistema capitalista, ni una anomalía financiera que pueda resolverse con reformas del sistema financiero; es una crisis profunda de nuestra civilización, que se traduce en una ruptura de los paradigmas que afectan a los individuos y a las colectividades. Una Revolución en definitiva. La quiebra de las relaciones económicas, morales, religiosas, políticas e internacionales. Una ruptura nos ha llevado a un mundo desquiciado y pervertido, apartado de su naturaleza, que se nos aparece como un precipicio hacia el que inevitablemente nos acercamos.

Ante este abismo, formado por la ruptura de todas las tradiciones y la pérdida de todas las identidades, todo necesita un nuevo orden que ha de arrancar otra vez de la persona, ya que es en el mismo ser humano donde la experiencia se asienta y se desarrolla. Un orden nuevo concebido para el hombre en su dimensión individual y comunitaria, que integre junto con su sentido trascendente, el ser específico de cada pueblo y el respeto a la Naturaleza por todos ellos compartida. A lo anterior debe sumarse la sabiduría colectiva transmitida en el tiempo, junto con el conocimiento técnico y tecnológico que haga todo ello posible. La meta que se nos presenta para que la vida vuelva a tener una dimensión humana, es la refundación de la sociedades y de la identidades, en nuestro caso la europea, sobre nuevos paradigmas políticos, sociales y económicos, pues resulta inaceptable que algo tan poco importante como el dinero, puramente físico, creé una diferencia que no se origina en hechos trascendentales, como son la propia capacidad innata y el mérito de la persona.

No es casualidad que Mercurio se presentara en la Antiguedad de Roma como el dios del comercio, de la elocuencia y de los ladrones, el homólogo del dios griego Hermes. La síntesis de ambas actividades, comercio y robo se da plenamente en la actualidad, en el mundo del capitalismo avanzado y moderno, donde no es posible distinguir a los “comerciantes de los mercados”, de los ladrones que nos quitan con impunidad lo que es nuestro. Los adoradores de Mammon[4] han triunfado. El capitalismo actual es el moderno tributario de un ideario asiático nacido en el Israel de la Antigüedad, que ha adoptado su perfil intelectual actual a lo largo de los últimos cinco siglos, alcanzando su pleno desarrollo económico, político y cultural en nuestros días. Ya en 1815, Saint Simon predijo que los banqueros y los magnates de la industria llegarían a gobernar el mundo más que los monarcas. No se equivocó, el sistema imperial que se desenvuelve en un mundo unipolar en lo político y multipolar en lo económico, se encamina hacia su inexorable declive de forma constantemente acelerada, como consecuencia de su naturaleza depredadora, profundamente contraria a la propia del ser humano y a la supervivencia del planeta.

La crisis del capitalismo que vivimos, no es la primera ni será la última, pues nos encontramos en una sucesión de procesos de expansión y contracción económicos que no son fruto de la casualidad, sino que obedecen a impulsos decididos en los centros de poder que a nivel mundial persiguen la concentración del poder político a través de la concentración de capital, del poder económico. Para entender cómo hemos llegado hasta la situación actual, debemos recordar cómo se han venido configurando las actuales relaciones de poder y cuáles son sus orígenes. Muchas veces damos por sabidas cosas, cuya realidad es muy diferente a la que suponemos y sin cuyo conocimiento no podemos entender lo que ocurre en nuestro entorno. Decía John Kenneth Galbraith que: “la Economía y los grandes sistemas económicos y políticos cultivan su propia versión de la verdad de acuerdo con las presiones pecuniarias y las modas políticas de la época, y de los problemas que plantea el hecho de que esa versión no tenga necesariamente relación con lo que ocurre en la realidade Se trata de una situación de la que no podemos culpar a nadie en particular: la mayoría de las personas prefiere creer en aquello que le conviene creer. (…) por lo general, lo conveniente es aquello que resulta útil, o al menos no es hostil, a los intereses económicos, políticos y sociales dominantes”[5]. Y a las creencias carentes de fundamento generalizadas entre las personas; unas veces inducidas por los medios de comunicación controlados por las élites, otras fruto de la necesidad de las personas de creer en determinados mitos, debemos añadirle en el caso de las cuestiones políticas o económicas, una oscuridad artificialmente creada de forma interesada por los pretendidos “gurús” de la Política y de la Economía. Recordando otra vez a Galbratih, éste decía que: "No hay en el dominio de la Economía ninguna idea que no pueda ser expresada en lenguaje común y corriente, aunque ello exija algún esfuerzo. La obscuridad que caracteriza a la prosa económica profesional no deriva de la dificultad del tema. Es consecuencia de un pensamiento no del todo madurado; o bien, refleja el deseo del iniciado de elevarse por encima del vulgo; o también puede ser debida a temor de que se descubran sus insuficiencias"[6]. Otro economista no menos famoso, Ludwig von Misses, representante de la Escuela de Economía austriaca, escribió: "La economía, agrádenos o no, ha dejado de ser esotérica rama del saber, accesible tan solo a una minoría de estudiosos y especialistas. Porque la ciencia económica se ocupa precisamente de los problemas básicos de la sociedad humana"[7]. Sin embargo, la utilización de una jerga estúpida,que busca asegurar una naturaleza científica de la Economía emancipada de toda otra disciplina, mantiene en la ignorancia de las cuestiones económicas más elementales, incluso a las personas mejor formadas, que se limitan a repetir de forma acrítica las ideas que desde los medios de comunicación se difunden.

Así acontece comúnmente, que comúnmente se ignora todo lo que rodea al conglomerado que forman el capitalismo financiero, las grandes corporaciones transnacionales y el mundo de la alta política. Este blog se escribe para tratar de arrojar algo de luz sobre estas cuestiones.

Lo que entiendo que está ocurriendo es lo siguiente:

1. El capitalismo, como poder económico, ha subordinado el poder político a sus exclusivos intereses, de tal manera que los sistemas políticos de Occidente, por la ausencia de toda representatividad y participación de sus ciudadanos, carecen por ello de legitimidad;

2. Los dirigentes del capitalismo financiero o sus dependientes, ocupan cargos políticos en los gobiernos y en las organizaciones internacionales o cargos directivos en las corporaciones transnacionales, de forma sucesiva, simultánea o alternativa según las necesidades que en cada momento demanden los intereses políticos, económicos o militares de dichos grupos de poder. Así han desaparecido los límites entre los entes y poderes políticos y los económicos. Véanse como ejemplos recientes los casos de Grecia con Papademos, Italia con Monti, ambos de Goldmand & Sasch, el español de Luís de Guindos con Lehman Brothers, el del Banco Central Europeo (BCE) con Draghi, o el más habitual de los EE.UU. con los Bush, Rumsfeld, Wolfowitz, etc.;

3. Estos grupos de poder, son el resultado de una alianza entre:
  • Una élite judía de ideología sionista de carácter transnacional y cosmopolita;
  • El movimiento fundamentalista protestante cristiano-sionista de los EE.UU., ambos en permanente apoyo del Estado de Israel a través de los EE.UU. como su principal valedor;
  • Y los trust de la industria de la energía, del armamento, de las comunicaciones y de las finanzas dominados por esta élite sionista.
Todos ellos se confunden, mezclan, fusionan o compiten entre sí hasta la depredación llegado el caso, pero coinciden en el esencial mantenimiento de las estructuras de poder y en la consecución de un ideal mesiánico de carácter fundamentalista religioso, difundido a través de las logias y los templos masónicos y de las organizaciones mundialistas;

4. De lo anterior resulta el hegemonismo imperial de los EE.UU., que con el apoyo de las clases dirigentes locales de cada nación, ya sean políticas, económicas o sociales, impulsa la llamada lucha contra el “imperio del mal” y por la “democracia”, y la llamada ”guerra contra el terrorismo”, que se basa en tres puntos esenciales:

a) La unipolaridad en el S. XXI. Una nueva visión estratégica de la supremacía mundial estadounidense concretada en el “Preemptive Attack”, como estrategia militar basada en la superioridad tecnológica (en combinación con la “mundialización o globalización”) como medio de mantener el dominio económico, junto con el control estratégico de las fuentes de energía. Este hegemonismo, conlleva la utilización de los organismos internacionales, bien como medio de dominación (Banco Mundial, FMI); bien como coartada de las incursiones imperiales del unilateralismo norteamericano o de imposición de las políticas mundialistas (ONU y organizaciones dependientes); o por último, como medio de movilización de recursos militares auxiliares (OTAN y demás alianzas militares dominadas por los EE.UU.);

b) Un ideal mesiánico, “el destino manifiesto” del fundamentalismo cristiano-sionista protestante y el sionismo israelí, como ideología dominante impulsora de la “democratización” global. La aceptación por el resto del mundo de sus valores, pasa por la “guerra cultural”, y la imprescindible aceptación de los valores sionistas impuestos a las naciones a través de su americanización, de la que es herramienta propagandística eficacísima el cine. El “hollywodismo”, un arma de destrucción masiva de las culturas autóctonas, parte esencial del proceso de americanización cultural, que cumple una función de homogeneización del consumo;

c) La “mundialización o globalización”, como expresión del imperialismo económico de las corporaciones transnacionales. A estas compañías sólo les interesa la obtención de beneficios, sin considerar el impacto de su comercio, explotación o industrialización en la Naturaleza, ni la extensión de la pobreza, ni la destrucción de las identidades nacionales, raciales, étnicas o locales como patrimonio cultural de la especie humana. Para ello es necesario imponer el llamado “libre comercio”, la desregulación del mercado mundial en tanto les beneficie, la libertad absoluta de circulación de capitales, mercancias y personas, así como el control y explotación sin límites de los recursos naturales.

Frente a esta situación, hay que afirmar el valor de los conceptos de Comunidad, Nación y Estado:
  • La Comunidad entendida no desde un grado de riqueza determinado o una situación social derivada de la cuantía de la renta obtenida o de la propiedad de los medios de producción, al modo en el que se concibe la "clase" liberal y marxista, sino como la formada por todos aquellos que obtienen sus rentas del trabajo, del quehacer humano, y no de las rentas del capital y mucho menos del interés del dinero o de actividades especulativas. El trabajo y su corolario, la economía productiva también llamada “real”, debe situarse en el centro de la vida económica, aboliendo el interés del dinero y la especulación, que no debe confundirse con el legítimo comercio, por su intrínseca injusticia e inmoralidad. Un concepto directamente relacionado con el de pertenencia al pueblo o nación; 

  • La Nación concebida como una libre comunidad nacional de personas, unidas por vínculos de historia, cultura y sangre, libres e iguales en derechos: ciudadanos. No ha sido la “mundialización” la causante de la crisis nacional, sino el abandono de la idea de “Nación”, de “comunidad”, por unas élites que se sienten supranacionales y cuya solidaridad es respecto de sus iguales mundialistas. Este proceder es lo que está posibilitando el avance de esta “globalización”. Frente al dominio del Imperio sionista de los EE.UU. y la Europa de la oligarquía de “los mercados” y su “golpe de Estado silencioso” en favor de las corporaciones transnacionales, el capital financiero y las organizaciones mundialistas, hay que plantear la única solución posible: la ruptura con todos los entes y organizaciones mundialistas, y la integración en alianzas económicas y militares basadas en la afirmación de la Justicia como valor supremo de la relación entre las naciones y las personas,, todo ello a través del Estado; 

  • El Estado como instrumento de poder de cada comunidad nacional, que es ejercido en un determinado espacio natural físico de forma soberana e independiente de cualquier otro. Sin perjuicio de su integración y colaboración con las naciones de su mismo entorno geográfico, cultural, biológico, histórico y religioso.
Dicho esto, parece oportuno recordar que es sabido que nadie puede reclamarse con sinceridad autor original de una idea, pues todo lo que decimos o pensamos, ya ha sido dicho o pensado en algún momento por otro. Lo único meritorio es ser capaz de vivir valientemente con aquello que consideramos que es la justa verdad. Por eso, en este blog recogeré las enseñanazas encontradas aquí y allá, tras muchos años de lecturas contradictorias, de búsqueda honrada de lo bello, lo bueno y lo justo sin concesiones a las propias inclinaciones, ni a prejuicios que me llevaran a negar la verdad por el hecho de que no me gustara. Nunca he buscado imponer “mi verdad”, sino encontrar “la verdad”. Para ello ha sido obligado partir de la negación absoluta de cualquier posición meramente teorica y estática, por muy querida que me fuera, abandonando así toda idea preconcebida.

Sólo hay una cosa que debe aplicarse constantemente: el sentido común. Quizás así, algún día, podamos dejar de añorar la libertad perdida, dejando en el recuerdo el canto de lamento por la tiranía formulado por Verdi en la Italia decimonónica: “¡Oh, mia Patria, si bella e perduta!"[8].


                                                                   Para escuchar: Va pensiero (de la opera Nabucco de Verdi).
                                                                                              Ricardo Mutti 12-3-2011
                           

[1] Carlyle, Thomas, “Historia de la Revolución Francesa”, 1837. Citado por Drumond, Eduard en “El fin de un mundo. Estudio Psicológico Social”. Primera edición española. Imprenta y Librería de la Inmaculada Concepción. Barcelona, 1889. Pág. 5.
[2] “El Lobo Estepario”. Hesse, Herman.  Pag. 32. Editores Mexicanos Reunidos. 1985.
[3] Toda referencia realizada en este blog a los llamados “medios de comunicación”, el “cuarto poder” u otras semejantes, nunca debe ser entendida sino como referencia a los medios de combate político utilizados por el Imperio en el conflicto político de cuarta generación, en el “escenario virtual”. No hay medios de comunicación neutrales ni objetivos. No hay periodistas neutrales. Los llamados “mass media” son combatientes de un nuevo escenario bélico: el virtual. Nunca deben ser considerados de otro modo, y siguiendo el “concepto de lo político” definido por Carl Schmitt, no deben ser considerados sino como “amigos” o “enemigos” según el posicionamiento que mantengan. Pero nunca como neutrales ni objetivos.
[4] Mammon es una palabra aramea que significa «riqueza». También se utiliza en hebreo con el significado de «dinero» (ממון).
[5] Kenneth Galbraith, John. “La Economía del fraude inocente. La verdad de nuestro tiempo”. Editorial Crítica. Madrid, 2004.
[6] Kenneth Galbraith, John. “Memorias, una vida de nuestro tiempo”. Pág. 599. Ediciones Grijalbo. Madrid, 1982.
[7] Von Misses, Ludwig. "La Acción Humana". Pág. 1059. Editorial Sopec, Madrid, 1968.
[8] Fragmento del aria “Va pensiero”  de la opera “Nabucco” de Giuseppe Verdi.

No hay comentarios: